26 de agosto de 2010

Si tú estuvieras



Anoche, cuando regresaba a casa bajo un cielo lleno de millones de luces y un mar calmo, inmenso y poderoso, cama de una luna llena de magia, paré unos instantes en su orilla recreando recuerdos, hilando sentimientos y doblando caricias, y pensé que si tú estuvieras, volvería a nacer y descubriría en mi alma un nuevo amanecer. Mi corazón cansado tendría por fin un hogar y habría mil motivos para despertar, para continuar, para caminar.
Pensé que si tú estuvieras, mi pasado estaría de más y mi vida empezaría cada instante al verte sonreír; podría renunciar a todo sin culpabilidad porque por ti yo podría matar y por ti yo podría morir.
Pensé que si tú estuvieras, podríamos sentir que el tiempo no es sino sueño y la noche esperanza de vigilias, podríamos parar el mundo para que fuera eterna nuestra esperanza y sin término nuestro afán, porque tú eres el mar donde he dejado mis lágrimas y el beso de tus olas me han consolado; tus aguas me han refrescado del calor, cuando se desbordó en sentimientos e ilusiones.
Eres el mar que en la hondura envuelve un amor que tenías guardado para regalármelo en las noches de dudas, para cuando llegó la tristeza colmarme de ternura.
Eres ese mar que provoca la fragancia de la brisa, que cubre la piel de todo mi ser vibrando con una sutil caricia, caricia cálida que me hace estremecer si cierro los ojos.

Y allí en silencio, anoche comprendí que me gusta perderme en el fondo de tu ser, admirando la inmensidad de tu lecho y así, soñando en la belleza de ese amor distinto, me sumergí entregándome con calma a la promesa de volver al camino que en las noches de luna llena cuando riela sobre tu espejo, señalas inequívoco, directo a la fuerza de la nueva lucha, al aliento sobre el rescoldo del ascua, que deberá inevitablemente, volver a levantarse en fuego.

Si tú estuvieras, anoche te hubiera hecho esta misma promesa mirándote a los ojos negros, brillantes, vivos, eternos, tiernos.