12 de octubre de 2010

SONETO

 
 
Recostada en perfumes, dormías.
El reloj en el suelo – de espaldas – se oía.
El cobre cubría tu rostro y tu almohada.
El aire en puntillas tu cuerpo erizaba

Arando cenizas: vapor y agonías
deshojaban cielo, en tus muecas frías.
De perfil la luna – cayendo – te daba
un cocktail de llamas en blanco; cuajaba

tu lacio y espeso cabello de oriente.
Deja que tus ojos pasen el poniente;
que tus sueños pisen, poblando mañanas,

cual juegan mis anisas frente a tus ventanas.
¡Que brinque la sangre!, ¡que hierva lo tenue!,
¡que vuelen las rosas, y que aromas cuelguen!