15 de agosto de 2010

Llueven inviernos



Llueven inviernos en estos arenales de caminos y flores que se van marchitando de frío y verde.
Sé que volverán las cigüeñas a recoger sus alas en los campanarios promesas de futuro, que las avutardas repicarán sus cantos de reencuentro. Sé que se vestirán de sombras los pinos esperando el roce de las procesionarias convertidas desde capullos de tierra.

Pero llueve…

El arco del cielo va derramando lágrimas tenaces en el claro oscuro de la nostalgia.
Un silencio de luna se me sube a la garganta muda mientras llora el delirio de la noche, miel y arena en los labios que desvelan palabras en susurros.
He intentado acercarme a los silencios ausentes.
Toqué las teclas negras de tu piano sin músicas. Quise aproximarme al hueco impredecible de tus ausencias, al dolor que intuyo tras tus ojos cansados de tanto mirar misterios insolubles. Rocé tu adiós con timidez de pájaro herido, y tu soledad desde el recuerdo cálido.

Pero llueve…

Y ya no hay más que barrancos baldíos en los antiguos cortados de mares que abrazaban los nidos de las gaviotas y el despertar del faro vigía.
Y ni siquiera esta lluvia de invierno, monótona y necesaria, sirve ya para recorrer avenidas de sueños y nieblas, porque llueven inviernos con la insatisfacción de un viento que va barriendo caricias lejanas.
Un epitafio dulce que nadie escribió, salpica la voz que quizás tampoco se oyó.

Vuelve, vendrán otras luciérnagas a iluminar caricias y sorpresas nuevas… Vuelve, llegará la primavera con promesas desconocidas…

Vuelve...

(P.D. Con un tecto de Luis E. Prieto.)