28 de agosto de 2010

Noches como ésta.



A veces aparece una noche como ésta.
La cápsula gris y negra (metáfora colorida de su destino) no cumple su cometido.
Larga noche, secuela de momentos de locura.
Las páginas del libro pasan sin sentido ante los ojos y reconozco el primer síntoma; el sabor del cigarrillo que prende su iniciático rito, es el segundo.
No espero al siguiente, y me entrego al tentador capricho del silencio y la soledad amiga, compañera íntima de estas horas en que las criaturas de la oscuridad abandonan sus pesebres y se entregan a orgiásticos aquelarres, en busca de sangre que derramar.
Me miro lenta, en el rastro de mi sombra.
Leve, sin la carga fónica de las palabras.
Perdida, sin el faro que guía mi nave a la deriva.
Absurda, buscando en el rincón de mi antepuerta la huella de una promesa.
Y me reconozco en otras noches como ésta, en las que el cuerpo duda entre abandonarse o arder, y el alma entre romperse o huir.
Estallar en furia destructora, manchar la inmaculada túnica del silencio, ofender a los dioses del descanso en una frenética danza de desnudez y voluptuosidad.
Dejar que el destino y el fracaso de un instante, señale el camino inequívoco a la vacuidad de una espera, rendirse a lo inoportuno, entregarse al imposible.

La cordura acude en huérfano auxilio.
La desesperación se aleja en una lágrima insinuada.
El fuego no purifica; ególatra, devastador, sacrifica pero no purifica.
El llanto no limpia; en un tiempo en que, esencia misma de su causa… anegué siglos de culpas y dolores, no retuve sino surcos ajados de su paso.

Deja de sonar la hermosa canción, “Mummer’s Dance”.
Apago una a una, las velas del anaquel..
Camino descalza hacia las sábanas frías y suaves, envuelta en un cálido chal de
cashmere con la seguridad de que debí arremeter contra los dioses del descanso y entregarme a los deleites y placeres de la sensualidad, apartando con un golpe distraído a la cordura.

A veces, llegan noches como ésta.